Sobre los objetos
miau
Empecé a fijarme otra vez en los lugares de las cosas, en que cada vez que alguien toca algo y lo utiliza, lo deja quieto de forma distinta a como lo encontró, quizás lo deja voleado, sobre otra superficie, colgando desde otra posición o en otro cuarto. No creo que nadie haga esto de forma consciente, pero nos apropiamos de los objetos de una forma muy específica y nuestro paso por ellos queda grabado en cómo los dejamos dispuestos en el espacio, en las marcas que vamos dejando con el uso.
Mi peinilla, la que tiene un gancho para colgarse, siempre la busco cuando me miro al espejo, sé que está detrás mío, colgada en el pomo de la puerta, así marco yo mi presencia en ella; mi hermana antes de irse se lavó el pelo, mientras se bañaba usó mi peinilla para desenredárselo; me sentí aguada cuando tuve que descolgarla del mueblesito de la ducha; como si empezara a borrar su presencia por mi casa, así poco a poco, con acciones comunes y corrientes. Ya no había tantas cosas en el baño, ya no tenía que colgar mi toalla en otra puerta, mi peinilla había vuelto a su lugar de siempre, sin recuerdos. Todavía no he querido botar el frasco de perfume vacío que dejó en el cuarto, ni llenar el hueco del clóset que le abrí para que pusiera su ropa, no quiero sentir que ocupo de nuevo el espacio vacío como si nada, quiero sentir en esos lugares que ella estuvo aquí conmigo, que todavía quede algo de su presencia en lo que me rodea. A veces huelo el frasco vacío y me quedo viendo el hueco del clóset sin pensar en nada más, quisiera caber dentro de ese cajón como un gato y dormirme ahí, pensando en que pronto ella volverá a traer su ropa y sus collares. El olor y el espacio vacío facilitan esa ficción.
Ayer en el parque volví a pensar en las cosas, en qué pasaría si dejo mi maleta tirada en el pasto, en si alguien se molestaría en devolvérmela, si intentaría entender algo de mí a través de ella, incluso sin conocerme. Me acuerdo del cuaderno que encontré una vez ahí, abandonado a la sombra de una palmera, todas las páginas casi llenas de un estudio intenso sobre el apocalipsis, casi igual de paranoico a mi papá, pienso en esa persona y me da curiosidad saber qué tanto sabe ahora del fin de los tiempos, si sus fuentes principales también son videos de gringos latinos en Estados Unidos, o si todavía cree en que algo va a pasar. Ahora tengo su cuaderno escaneado porque una nunca sabe cuándo necesite las cosas.
El gesto de marcar los objetos, ponerles el nombre, escribirles un número de teléfono si se pierden, stickers, las huellas de los pies en las chanclas, rayones, tatuajes; todo incide en las cosas. Siempre estamos cambiando algo.
Como un acto de amor mi hermana trajo una bolita de pelos de Mili, la gatita que vive en la casa de mis papás, donde antes vivía yo. La bolita peluda y alargada es casi igual de suave a ella. Con el tiempo y la falta de costumbre me volví alérgica a sus pelos, pero todavía sueño que ella se acuesta encima de mi pecho y me respira en la cara, suspira como una persona y se duerme junto a mí, enroscada como su bolita de pelos. La guardé en una taza miniatura, como si ella estuviera ahí adentro dormidita. Mili está a más de ocho mil kilómetros y aquí existe un pedacito suyo.
El cuarzo que hace años tenía mi hermana se rompió aquí, se salió de la cadena y se partió cuando tocó el piso, ella ya lo había dejado caer varias veces, nunca se había roto, yo le dije que quería intentar arreglarlo pero ella pensó que era mejor dejarlo ir, supongo que como algo simbólico. Como un último acto de amor voy a ir a enterrar el cuarzo roto a los árboles que los monos no pueden trepar, árboles barrigones, embarazados, con taches punk naturales en el tronco. Seguramente algo nazca de él, diremos que son ficciones, alguien lo va a encontrar en el futuro, una semilla no germinada.
Siempre quise dejar un tesoro enterrado, espero que para alguien más también lo sea.
Pdta: Te amo Chechel, feliz cumpleaños.


ñaii